La Navidad que Nadie Te Enseñó a Vivir
Por Fredy Serna Mejía – Coach, Mentor y Facilitador en Procesos de Transformación
Cuenta la leyenda que en un pueblo lejano, cada Navidad todos debían sostener una vela encendida toda la noche. La luz era símbolo de alegría. Quien la dejaba caer, era señalado.
Una mujer exhausta llegó con su vela apagada. La multitud la miró con desaprobación. Pero ella preguntó en voz alta: «¿Quién puede sostener luz cuando el alma está en oscuridad?»
El silencio fue ensordecedor. Porque todos estaban cansados de fingir.
La mentira más grande sobre estas fiestas
No todas las personas llegan a Navidad en el mismo lugar interior. Y no pasa nada.
Hay quienes llegan con gratitud.
Hay quienes llegan agotadas, apenas sosteniendo el día.
Hay quienes cargan ausencias que pesan más que cualquier regalo.
La Navidad no es neutra.
Activa memorias que creías superadas.
Remueve historias no resueltas.
Amplifica emociones contenidas durante meses.
Por eso, este texto no es una invitación a «disfrutar más la Navidad». Es una invitación a sanarla.
El escenario invisible donde todos actúan
Hay una presión silenciosa cada diciembre:
La presión de estar bien (aunque estés quebrándote).
La presión de reunirse (aunque necesites distancia).
La presión de perdonar rápido (aunque la herida siga abierta).
La presión de celebrar (aunque tu alma pida silencio).
La Navidad se convierte en un escenario. Y tú, en alguien que actúa para no incomodar.
Pero el alma no actúa. El alma resiste cuando se le obliga a sentir lo que no está lista para sentir.
Aquí está la frase que puede liberarte:
«No tengo que estar como se espera. Tengo permiso para estar como estoy.»
Las máscaras que te están costando
Las máscaras son defensas que aprendiste para sobrevivir:
La persona fuerte que jamás muestra vulnerabilidad.
La conciliadora que evita conflictos a costa de sí misma.
La anfitriona impecable que nunca descansa.
En Navidad, estas máscaras se intensifican. Porque «no es momento para hablar de eso».
Pero lo que no se dice no desaparece. Se aloja en el cuerpo. Se tensa en la mesa.
Sanar la Navidad no es quitarte todas las máscaras de golpe. Es algo más compasivo: elegir conscientemente cuáles ya no necesitas sostener.
El peso de la palabra «deberías»
«Deberías venir a la cena.»
«Deberías perdonar ya, es Navidad.»
«Deberías aprovechar este momento.»
Esta es una de las verdades que más liberan:
Ningún encuentro sana si se vive desde la obligación.
Pregúntate con brutal honestidad:
¿Qué compromisos navideños nacen del amor?
¿Cuáles nacen del miedo a decepcionar?
Poner límites en Navidad no es egoísmo. Es higiene emocional.
A veces, el acto más amoroso es decir: «Este año necesito algo distinto.»
Cuando las ausencias pesan más
Hay ausencias que pesan más en diciembre.
Voces que ya no están.
Vínculos que cambiaron.
Versiones de ti que extrañas en silencio.
La Navidad no crea el dolor. Pero lo ilumina.
Sanar la Navidad no es tapar el duelo con brindis forzados. Es darle un lugar digno.
Recordar sin vergüenza.
Llorar si tu cuerpo lo pide.
Honrar lo que fue sin obligarte a superarlo rápido.
La tristeza en Navidad no es un fallo. Es una expresión legítima del amor que sigue habitándote.
Tu única tarea
Antes de cualquier compromiso navideño, pregúntate:
«¿Qué necesita mi alma esta Navidad para sentirse respetada?»
No lo que esperan de ti.
No lo que marca la tradición.
Lo que TÚ, en lo más hondo, sabes que necesitas.
Tal vez es descanso real.
Tal vez es distancia temporal.
Tal vez es un encuentro sincero sin máscaras.
Tal vez es silencio, sin culpa.
Escribe tu respuesta. Y luego, con valentía, honra esa verdad.
Una Navidad honesta puede ser más silenciosa, más sencilla, más imperfecta.
Pero será infinitamente más verdadera.
Cuando aquella mujer sostuvo su vela apagada, algo extraordinario sucedió: una a una, las personas comenzaron a apagar sus propias velas. No por rebeldía. Por cansancio de fingir.
Y en esa oscuridad compartida, pudieron verse realmente.
Sanar la Navidad no es convertirla en algo perfecto. Es permitirle ser humana.
Fredy Serna Mejía